martes, 31 de julio de 2018

El asombro


El asombro – la curiosidad
Hay que despertar la curiosidad en todo. Mejor dicho, no hay que taponarla, porque la curiosidad está presente desde que el niño abre los ojos. Es genético, es una ley de la vida, la primera, interesarse por el medio donde se vive.
 ¿No habéis visto a los niños desde la cuna cómo lo observan todo? Miran, tocan, huelen, chupan, escuchan, se mueven, quieren subir, arrastrarse, jugar, compartir, preguntan y no se cansan, siempre abiertos, expectantes, curiosos, exploradores…
Pero a medida que van creciendo, y más cuando entran en la escuela, se van apagando, dejan de interesarse, se amuerman, son todos uniformes, han entrado en el redil… se están convirtiendo en autómatas. ¡qué pena! Ya parecen cadáveres. Muertos cuando estaban empezando a nacer.


¿Habéis salido una noche al campo a ver las estrellas? Tumbaros boca arriba sobre la tierra. Encima de nosotros está el espectáculo más grande jamás visto. Recorred bien el cielo. No importa que no podamos verlo todo, hay muchas noches, aunque viniéramos todas jamás se nos acabaría el asombro.
Y eso tan inmenso que vemos resulta que no es real. Esas estrellas que creemos ver, resulta que, es la luz que nos llega desde hace millones de años, por lo que algunas de esas estrellas ya no existen, pero vemos su luz. ¿No es para asombrarse y no parar?

Mirad, esa es la vía láctea, la galaxia, el conjunto de estrellas a la que pertenece nuestro sol. Estamos dentro de ella, pertenecemos a ella. ¿Cuántas galaxias hay en el universo? Miles o millones. ¿Cuán grande es el universo? Imposible saberlo, menos aún porque nuestra imaginación no puede entenderlo.
¿Sabéis que el universo se está extendiendo, hasta que llegue un momento que colapse, y comience a contraerse hasta llegar a cero? Pero si eso ocurre tardará millones y millones de años, de años luz, los años que la luz tarda en llegar.
El universo comenzó con una explosión –según se dice- en la que la masa condensada salió despedida hecha añicos. Una esquirla de esa explosión es nuestra galaxia –la vía láctea- un disco rodante del que se desprendieron numerosos trozos que son las estrellas. Y de las estrellas se desprendieron otros trocitos que son los planetas. Las estrellas siguen expandiéndose en un movimiento espiral. Y los planetas van siguiéndolas por la ley de gravedad que les arrastra. ¿No es todo esto asombroso? 
La tierra en la que vivimos, como planeta del sol sigue a este en un movimiento de hélice dando vueltas además alrededor de él. De esa traslación alrededor del sol se forman las estaciones. Y a la vez la tierra va rotando sobre sí misma, con lo que se forman los días y las noches. ¿Sigue siendo asombroso? ¿Por qué no se refleja este asombro en los niños, -ni en los mayores-?

Bien, ya hemos observado durante un tiempo el cielo. Ahora vamos a observar la tierra. Seguro que todo el tiempo hemos estado oyendo a los grillos y viendo además los destellos luminosos de las luciérnagas. Esto también es para asombrarse. Todo es asombro en la vida y en lo que la precede, también en lo que viene después. Pero ¿Qué sabes de los grillos o de las luciérnagas, aparte de que en la noche, viendo las estrellas, la música de los grillos nos lleva a la relajación -o a la enervación- y las luces intermitentes de los gusanos de luz, nos mantiene receptivos? 
Veamos, hay unas 7000 especies de luciérnagas y otras tantas de grillos. Su forma de comunicación con sus congéneres es esa, para unos la luz, para los otros el sonido. En las 7000 especies de uno y otro animal su medio de comunicación es similar y diferente. 
El sonido o luz que emite un grupo, solo es captado por un miembro del mismo grupo. O sea, que dentro de un mismo patrón hay al menos 7000 variedades de ritmos, de pausas, de intensidad.  ¿No es asombroso?  
¿A quién no le asombra? 
¿No es asombroso que a casi nadie le asombre? 

Esta es una de las muestras de como cercenan nuestra capacidad de admiración, de asombro, y de interés por todo lo que pasa a nuestro alrededor. En su lugar se enseñan cosas absurdas como que, uno que no sabe nada del mundo sepa en su lugar todos los futbolistas del planeta, sus cualidades, sus manías, su vida privada, sus amores, pero no sepa nada de que su gobierno le está robando y manipulando, y lo que es más grave, que no sepa nada de sí mismo. 
El teléfono móvil, al que últimamente todo el mundo está colgado y lo lleva a todas las horas en su mano y lo mira y remira constantemente como si el teléfono encarnara su identidad, -que sí la encarna, desgraciadamente-, se ha preguntado alguien por qué razones, ¿por ese cacharro puede ver y oír todo lo que pasa en el mundo entero? 
El 99 % no lo sabe ni le interesa, ni le asombra, ni se lo pregunta. ¡Cuánta enajenación! No es de extrañar que crean en dioses, fantasmas, vírgenes, milagros, supercherías, quimeras, magias, ídolos, fetiches, talismanes, héroes, güijas, apariciones, resurrecciones, otras vidas… 
Cuando no se tiene vida propia, ni identidad, cualquier cosa u objeto puede suplirla.

Si no saben nada de sí mismos, ¿cómo les va a interesar la historia? De dónde vienen, cuáles son sus orígenes, quiénes son los demás, qué son las especies animales, qué es la tierra, qué es el universo. 

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