miércoles, 26 de octubre de 2022

LA BONDAD


LA BONDAD

 

Aparte del saber y del conocimiento por cuanto nos rodea, y además de ello, hay que establecer e implantar la bondad en la vida humana desde el comienzo de la vida.


La bondad, por otra parte, es el más alto grado de la inteligencia humana, como opinan muchos neurólogos. Sin embargo, muchas escuelas y educadores pretenden implantar y desarrollar el talento como la mayor excelencia, olvidándose quizá, de la bondad, porque es el talento lo que vende, pero no la bondad. 

La inteligencia se puede utilizar para hacer el bien o para hacer el mal. Los psicópatas son sumamente inteligentes, exclusivamente en beneficio propio, para producir el mal en los demás. Ambas cualidades y/o capacidades, maldad y bondad, están inscritas en nuestros genes como posibilidad, en caso contrario no podrían desarrollarse. Solo la educación y la convivencia con los demás en colaboración, destapa la bondad y anula la maldad. Sin embargo, la maldad, solo podría ser un resquicio o derivado de un mecanismo de defensa propio ante una ofensa o ataque, -luego no sería maldad propiamente dicha-, mientras que la bondad es genética porque es una salvaguarda de la vida, anexa a la colaboración y a la cooperación con los demás, mediante la cual las diversas especies han prosperado, así como la evolución misma de la vida, en contra de la tergiversación que se hace de Darwin, diciendo que triunfa y sobrevive el más fuerte. Además, la bondad es la base de un cerebro sano, mientras que la maldad es el sello de un cerebro enfermo. Ambas actitudes contrapuestas son el resultado de la forma de vida, y ambas son educables, o producto de la educación recibida. 

 

La bondad ha de residir en los principios de la educación, que se refleja fundamentalmente por la convivencia con los padres y las personas allegadas al niño en sus relaciones. Hay que educar en general a la sociedad y a los humanos para desarrollar la bondad. Ese sería el bien más alto. ¿pero qué es la bondad? ¿es ser tonto, dejarse engañar? O el “buenismo” como se dice ahora. No. El buenismo es un peyorativo, casi un insulto o “ir de bueno” “hacerse el bueno”, hacer obras de caridad, ir de caritativo, como un cartel que se pone uno, no. - La bondad puede definirse como la ayuda desinteresada hacia el otro. Basada en la generosidad, la amabilidad, la ternura, la atención, el cuidado, la compasión, la fraternidad. Esos son los tejidos que confeccionan el manto de la bondad. La bondad es el culmen de todas ellas, es el resultado. Desarrollar la bondad es comportarse con el otro de una manera desinteresada consigo mismo. Ofrecerle ayuda, colaboración, apoyo en lo que necesite sin ninguna condición o beneficio para sí mismo. Incluso con alguna repercusión negativa para el bondadoso: hacer algo por el otro, aunque a mí me acarree algún malestar o perjuicio. Es “darse” a sí mismo sin pedir nada a cambio. Ella es la contraposición de la maldad, que infringe sufrimiento al otro con o sin ánimo de lucro. Que engaña o seduce o utiliza al otro en beneficio propio, material o psicológicamente. Para ser o tener más, negando, ocultando, difamando o perjudicando al otro.

 

Desarrollar la bondad es tratar a los demás con respeto. Reconocer al otro que no soy yo, como ser humano integro, independiente, distinto a nosotros, con todos los derechos. Reconocer que puede tener defectos como nosotros, pero no darlos la importancia que no se merecen. Nadie es perfecto, lo tenemos que saber por nosotros mismos, tenemos manías, nos enfadamos a menudo sin razón, no nos portamos bien con la gente, entonces ¿Por qué no se lo reconocemos a los otros? Nosotros no somos los perfectos y ellos los imperfectos y amargados. Demos vuelta a la tortilla, veamos a ellos como nos vemos a nosotros, tan solo eso para empezar. Reconozcamos que nos equivocamos, que metemos la pata, confesemos que somos agresivos o que no somos todo lo correctos y amables que podríamos y deberíamos ser, y de esta manera entenderíamos a los demás.

 

La bondad ha de ser educada y cultivada desde el nacimiento, con una conducta ejemplar por parte de padres y educadores. Establecer la ayuda mutua y la colaboración en nuestros comportamientos. De niños, hay que reconocerlo y tenerlo en cuenta, ya somos así, queremos ayudar siempre, y nos queremos unos a otros, pero a medida que crecemos cabíamos de idea por lo que vemos y nos inculcan nuestros semejantes. Estos comportamientos innatos deben desarrollarse, no dejarlos que se pudran, porque los exponemos a tóxicos sociales y los cuidamos mal. Igual que la colaboración, la ayuda y la bondad deben ser desarrolladas con la misma ejemplaridad de los padres y los educadores desde la escuela infantil, y los siguientes estadios de desarrollo, sin permitir que se estropeen, debe desarrollarse también la acción más básica, pero quizá menos entendible de saber hablar y escuchar, haciendo de las escuelas centros de debate y de exposiciones personales sobre todos los aspectos de la convivencia y de la vida en general. Lo mismo que en la familia, no descalificar al niño, sin respetar sus deseos y opiniones, -como también se les hace a los viejos, en la casa y en las residencias-, donde todo se rige por ordenanzas con la idea de que el niño o el viejo no pueden opinar, porque carecen de esa facultad, unos porque no la han alcanzado todavía y otros porque ya la han perdido. Así se establece la jerarquía y la desigualdad, así como el desprecio al otro, origen de la frustración. La primera desrealización es no considerar válida a una persona: niño, viejo, inmigrante, sirviente, etc., por tener un oficio más bajo, por edad o por estudios o cultura, lo cual es vivido como un desprecio, una humillación, una falta de respeto hacia su persona y su ser. Lo cual genera a su vez, una frustración y un malestar psicológico por impedir el desarrollo de sus deseos, opiniones, o acciones

 

Enseñarnos a hablar, expresar nuestros sentimientos y nuestras ideas, sin interrumpir y calumniar al otro debe ser básico en la familia y en la escuela, antes, mucho antes de abordar otros aprendizajes que se consideran serios y necesarios. Hablar y respetar al otro es básico. Primero para que aprendamos a expresarnos, porque solo podemos aprenderlo, haciéndolo. Es desarrollar una capacidad básica de las más importantes y esenciales. Expresar los sentimientos y expresar las ideas y conocimientos. Segundo, respetando al otro. Hablar es dar razones, es no insultar, o ponerle adjetivos despectivos, para infravalorarle y desprestigiarle, cuando no estamos de acuerdo con sus opiniones, cuando tenemos otros puntos de vista u otras ideas. En realidad, muchas veces cuando insultamos al otro o le despreciamos, es porque no tenemos argumentos para rebatir sus ideas, nos sentimos inferiores, y la única arma que nos queda es el insulto. Cuando se emplea la fuerza es porque no se tiene habilidad o recurso para hablar y poderse entender. -Cuando los padres pegan a los hijos, es que carecen de recursos para rebatirle y expresarse. En el fondo, les domina el complejo de inferioridad. Cuando hablamos, estamos desarrollando nuestro pensamiento, y desarrollando nuestra forma de pensar. Estamos también desarrollando nuestra capacidad de comprensión hacia los demás.

 

Los actos malos o buenos hacia los demás se visualizan y se entienden mejor cuando los realizamos claramente con nuestra acción, con nuestro cuerpo hacia el suyo, físicamente, pero pasan más desapercibidos en el habla y la conversación, porque no se consideran actos propiamente dichos de bondad o maldad, o porque no nos han enseñado a hablar y escuchar, hemos tenido que aprender esas dos tareas, ambas entrelazadas y dependientes una de otra, en la vida diaria, considerada como todos los actos de nuestra vida, como defensas o ataques, erróneamente. Ese es el gran problema de raíz: que hemos aprendido a SER nosotros mismos, intentando colocarnos sobre los demás. En lugar de la colaboración, la ayuda mutua y el respeto, creemos que los demás son unos enemigos contra los que hay que luchar para que nosotros podamos ser. La sociedad nos ha enseñado esto, sí, porque los poderes ocultos sociales, se sienten beneficiados si los ciudadanos luchamos entre nosotros, no contra ellos. Por esa razón, consideramos que el “malo” es el otro, el inmigrante, el extranjero, los de nuestra clase, porque creemos que ellos nos quitan el pan.

 

El comienzo de la bondad está tanto en el lenguaje como en la acción. Deberían enseñarnos a hablar, a escuchar, a entendernos unos con otros, en la familia y en la escuela, a la vez que a colaborar y a ayudarnos.

 

Saber hablar respetando al otro. Saber explicarse, dando las razones y los datos necesarios. Escuchar al otro, no interrumpirle. No juzgarle en su explicación. No interpretar. Si no lo entiendo, antes de juzgar, volver a pedir que me lo explique mejor. y, al final, irnos sin descalificar. No poner la guinda, dejando dicha la última palabra como una sentencia. No intentar demostrar lo mucho que creemos saber. Callar. Y siempre poner de estandarte por delante, que el otro no es mi enemigo, sino un amigo, un igual, con el que colaborar.

Pero, sin llegar a ser realmente maldad intencionada, el “mal comportamiento” es producto de no haberlo aprendido, y de sentirnos nosotros mismos humillados u ofendidos por los demás, por una especie de complejo de inferioridad, de frustración y desrealización personal. De concebir al otro como un contrincante. 

 

Ya sabemos que nuestra sociedad y educación son agresivas y machistas. Nos han inculcado que si no nos defendemos somos débiles y cobardes. Nos han enseñado a agredir antes de serlo, como prevención, como defensa. Pero todo aquel que agrede con actos o con palabras, aparte de haberlo aprendido, arrastra un complejo de inferioridad, por lo que agrede para sentirse grande y hacerse respetado o temido. O le han enseñado que para hacerse respetar hay que comportarse de esa manera, con superioridad y agresividad. No estoy de acuerdo. La mejor defensa ante un ataque es pedir perdón, en lugar de agredir o insultar. Es el significado metafórico del ejemplo de Jesús: cuando te den una bofetada, pon la otra mejilla.

 

 Siempre recordaré la respuesta de un amigo estando en la mili, cuando al salir del comedor dejamos la puerta abierta, y el soldado encargado de la cocina salió vociferando, insultándonos por no haber cerrado la puerta. Yo quedé atónito, pasmado, pero mi amigo se volvió y se volcó en perdones, a la vez que se dirigía hacia la puerta para cerrarla. Entonces la reacción del soldado vociferante ¿cuál fue? Pedir perdón él. 

Además de desarrollar y practicar la bondad empezaremos por analizarnos a nosotros mismos si lo que hacemos diariamente se ajusta a esa definición, lo cual puede ser muy difícil, pero que se va haciendo cada vez más fácil a medida que lo practicamos, es tomar consciencia de todos nuestros actos, descubrir en que nos hemos equivocado, y tratar de ponerlo en práctica que es aún más difícil. Escuchemos a los demás. Ellos son el espejo en el que tenemos que mirarnos. Cuando hacemos o decimos algo, preguntemos a los demás qué han visto. No creamos que lo hemos hecho bien, preguntemos a los demás su opinión. Quizá nos encontremos con la sorpresa de que lo que nosotros creíamos una obra maestra, a los otros les parezca una infamia. Tampoco tenemos que dar la razón a los otros en lo que digan, pero al menos nos sirve para meditar y para adoptar otro comportamiento entre lo que decimos o hacemos y lo que el otro interpreta, que sea acorde una cosa con la otra. 

 

Cuando nos sugieren o nos dicen directamente que nos hemos portado mal con ellos. Cuando creemos que los otros tienen la culpa de lo que pasa, demos la vuelta a nuestro comportamiento, hagámoslo de otra manera, pensemos como hacerlo para que el otro no se sienta herido, para que no responda agresivamente o a la defensiva. Cambiemos nuestra forma de relacionarnos. 

 

(Lo primordial es entendernos a nosotros mismos. Si somos mezquinos, celosos, vanos, codiciosos, eso es lo que creamos en torno nuestro. Ese es nuestro estilo de vida, lo que generamos, lo que sembramos, lo que producimos. - Krishnamurti – El conocimiento de uno mismo)

 

 

Generalmente no escuchamos al otro. Antes de responder ya le estamos preguntando o cuestionando otra cosa. O queremos que nos responda lo que nosotros tenemos concebido previamente. Y si no es como nosotros queremos le echamos la culpa.

O, le interrumpimos y le contamos nuestra pena o preocupación. O nos enredamos en contarle otras cosas que no vienen a cuento. Es decir, nos salimos del tema inicial y nos vamos por otras veredas, que no importan. ¿le estamos dando la paliza al vecino o al amigo con chismes que al otro no le interesan, siempre estamos proyectando nuestro ego o nuestros temores sobre los demás? ¿Para sentirnos importantes, para llamar la atención, porque necesitamos que nos escuchen, qué más? Damos nuestra opinión, a veces nuestro veredicto, para sentirnos importantes, para demostrar al otro lo que sabemos, de lo que somos capaces, que no somos tontos, que no nos dejamos engañar, que somos más listo que los demás, que los otros son unos maleducados, que no nos tienen respeto… Demos la vuelta a todos estos comportamientos. Hablemos lo imprescindible, lo necesario, contestemos a las preguntas sin dar veredictos. No creamos necesario dar nuestra opinión, ni nuestra sapiencia, a los demás no les interesa para nada ni les aporta nada. -Todo es producto del egoísmo, del individualismo competitivo y narcisista, en definitiva, de nuestra propia frustración, de la falta de realización personal.

 

 

(Soñamos con una sociedad mundializada, la gran casa común, la Tierra, en la que los valores estructurantes se construirán en torno al cuidado de las personas, sobre todo de las diferentes, de las que la naturaleza o la historia han tratado mal, los desposeídos, los excluidos, los niños, los ancianos, las plantas, los animales, los paisajes, con nuestra madre Tierra. 

L. Boff – El cuidado esencial-)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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