No podemos acoger si estamos llenos de prejuicios, de esquemas mentales, de arrogancia, de codicia, de necesidades falsas, de compulsiones, de adiciones, de pensamientos hechos, de apariencias, de mostrar poder, de poseer cosas y de poseer personas.
Es necesario quitar de nuestra vida lo innecesario, lo banal, eliminar todo lo que no es esencial –limpiar nuestras mentes y nuestros corazones-, vaciarnos.
No tener la necesidad falsa de hacer o de pensar, de estar ocupados.
El vacío es la apertura, la aceptación. Se relaciona con el desapego, con no tener necesidades impuestas, con no depender de nada ni de nadie.
Tener las manos vacías es tener disponibilidad.
No tener nada “agarrado” que impide dar –no estar cerrados sino estar abiertos-, no tener prejuicios ni esquemas que condiciona el dar, el recibir, el aceptar al otro, estar abiertos a los demás, al mundo, al camino, al día a día.
En el vacío está la utilidad: el cántaro -el vacío se puede llenar, puede servir-, lo que está lleno o hecho no sirve, está sujeto a su función, está restringido.
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