sábado, 5 de mayo de 2018

LA ASERTIVIDAD


La asertividad para gente extraordinaria - Eva Bach y Anna Forés - Plataforma editorial Barcelona
Rcopilado por Joaquín Benito Vallejo


LA ASERTIVIDAD

Es como una flor: requiere cuidados y atenciones especiales; emana belleza y delicadeza pero tiene algunas espinas; requiere cultivarse y aprender unas técnicas así como el desarrollo de un arte personal; 

Es para gente extraordinaria, personas que estén dispuestas a aprender y crecer a lo largo de toda la vida. Personas que quieren hacer el bien,  que son humildes, que asumen que se equivocan, que no ponen toda la responsabilidad de lo que les ocurre en los otros, que reconocen sus propias dificultades, que están dispuestas a poner algo de su parte para aumentar su propio bienestar y el de quienes le rodean,  que se miran a sí mismas y admiten sus propias limitaciones, que quieren ser felices, se alegran de que los otros lo sean, y contribuyen a ello en la medida de sus posibilidades.  

Que creen en la fuerza de las relaciones interpersonales, que quieran unir sus manos a otras manos para sembrar, recoger y compartir.

Quien tiene presente que vive y convive con otros y quiere cultivar lo exquisito. Tiene que ver con la necesidad de cuidarnos y protegernos unos a otros, generar confianza y proximidad. Contribuir al bien común a partir de la mejora propia. Actitud muy necesaria para el buen funcionamiento de las relaciones.

Implica generosidad, empatía y consideración al otro. Escuchar, conocer y considerar los sentimientos que los otros desencadenan en nosotros y los que nosotros desencadenamos en ellos.

Es un recurso para comunicar de un modo respetuoso lo que yo siento y acoger con el mismo respeto lo que sienten los otros.  Aprender  a contener y canalizar adecuadamente determinadas emociones. 

Solo tiene algo extraordinario cuando la acompañamos de un sentimiento profundamente ético y estético de la vida y de las relaciones. Lo más difícil no es su aprendizaje ni su práctica, sino la comprensión profunda de la delicadeza, la nobleza de corazón, la honestidad, la humildad, la responsabilidad, la voluntad de mejora y la consideración hacia los otros que en el fondo implica.

La asertividad es un medio y un recurso para un encuentro más respetuoso, honesto y humano. Favorecer el placer de comunicarnos, el reconocimiento mutuo, el afecto en las relaciones, la asunción de la propia responsabilidad.

No sirve para afirmarse uno mismo, contraviniendo los derechos del otro, encaminándose al cultivo del propio ego y al sometimiento del otro. No vale orientarla para fines exclusivamente personales y utilizarla para salirnos con la nuestra. 

Aplicándola como una mera técnica es un triste baile a solas. De ese modo no contempla la empatía ni la escucha ni sintoniza con lo que requiere la relación. Tiene que sustentarse en un sentimiento auténtico de empatía y de unos valores.

Asertividad – empatía – resiliencia – serendipidad…,  son habilidades para la vida las relaciones interpersonales. 

Resiliencia y serendipidad tienen que ver con la capacidad del ser humano de crecer, madurar y transformarse con las dificultades, extrayendo algo positivo de lo desfavorable y negativo. 

Empatía y asertividad se relacionan con una idea tan buena, poderosa y llena de sentido como el descubrimiento de que no hay magia mayor que lo que suscita en nuestras vidas unas relaciones de calidad.

Empatía = capacidad de percibir, sintonizar, comprender las emociones y sentimientos de los demás.
Asertividad = competencia para expresarnos de un modo honesto, claro y respetuoso, para abrir nuestros corazones y establecer relaciones más sanas, cálidas y próximas.
Resiliencia = capacidad que tenemos para afrontar las adversidades y salir airosos y transformados positivamente.
Serendipidad = Hace referencia a los descubrimientos imprevistos. Es el don de la sagacidad, la sabiduría de convertir un hecho inesperado o adverso en buena suerte. Dar respuesta a la pregunta: ¿Qué hay de bueno en todo esto?


La felicidad depende en cierta medida de los vínculos afectivos que establecemos con los otros. Las características principales de las personas consideradas felices es que gozan de una buena red de relaciones estables.

Esto tiene una base neurocientífica. Las interacciones sociales afectuosas, cordiales y positivas estimulan la secreción de oxitocina -hormona del amor- y se convierten en fuente de salud y bienestar. Las buenas relaciones se convierten en aliados biológicos. (Goleman)

La felicidad es el prólogo de la vida significativa: emplear las fuerzas y virtudes apropiadas al servicio de algo que trasciende nuestra persona. (Seligman)

La asertividad es una de las claves de las relaciones armoniosas y las relaciones armoniosas son una de las claves de la felicidad.

Nuestra felicidad depende de la calidad de nuestras relaciones y la calidad de nuestras relaciones dependen del grado de asertividad, afecto y empatía que seamos capaces de desarrollar.

La asertividad exige y presupone respeto hacia uno mismo y hacia los otros. Respeto significa consideración. (Terricabras)


Es el arte de la exquisitez interpersonal. Como todo arte requiere un cierto conocimiento de unas técnicas y el desarrollo de un estilo propio. Y lo más importante, el deseo de ser asertivo, la firme voluntad de aprender a expresarse asertivamente, de una manera delicada y considerada.

La asertividad es un derecho: -todos debemos ser bien tratados-, y a la vez es un deber: -todos tenemos que tratar bien a los demás-.

A veces, la asertividad es un eufemismo que utilizamos para suavizar cosas gordas que pensamos de los otros. En este uso hay implícita una trampa. Si lo utilizamos para endulzar algo amargo quiere decir que previamente hemos hecho un dictamen y juicio sobre el otro y lo único que pretendemos es disimularlo.

Lazarus, concreta la conducta asertiva en cuatro habilidades sociales:
·       Capacidad de decir que no.
·       Capacidad de pedir favores y hacer peticiones.
·       Capacidad de expresar sentimientos positivos y negativos.
·       Capacidad de iniciar, mantener y cerrar conversaciones.

Se necesita para dar las gracias, para pedir disculpas, para presentarse uno mismo, hacer una pregunta, efectuar o aceptar una crítica, dar o aceptar un elogio, negociar, etc.

La asertividad es algo más que una suma de conductas. Está compuesta de muchos lenguajes, verbales y no verbales basados en la sinceridad, no en el enmascaramiento para manipular y dominar al otro. Requiere la humildad de ver a los demás como iguales. Lo primero es el respeto por el otro y por mí.

Todo ser humano tiene ciertos derechos. Y también implica otra serie de deberes.


La asertividad no es una conducta o estado temporal, sino una cualidad permanente de la persona.

Tiene que ver más con el SER que con el ESTAR.
Como diría Erich Fromm, este SER implica entre otras cosas:
  
·       Sentir la alegría que causa dar y compartir en lugar de acumular y explotar.
·       Hacer del pleno desarrollo de sí mismo y del prójimo, la meta suprema de la vida.
·       Saber que para alcanzar esta meta, es necesaria la disciplina y respetar la realidad.



La asertividad es una herramienta que te ayuda a SER tú mismo, a no tener miedo ni vergüenza de tus propias convicciones, a defenderlas con entusiasmo sin menospreciar ni mostrarte agresivo con quienes no las comparten.

Se basa en la autoestima, se apoya en el respeto a las propias convicciones sin pretender imponerlas a los demás.

Su práctica aumenta la confianza en ti mismo y la soltura con la que puedes hacer frente a cualquier situación.  (Eric Schuler)

La asertividad es tener la humildad y el coraje de SER y al mismo tiempo de DEJAR SER.


Nadie puede ser asertivo cien por cien.
¿Quién en algún momento no ha hablado de más?
¿Quién en alguna ocasión no ha levantado la voz más de la cuenta?
¿Quién no ha invadido el espacio del otro?
¿Quién alguna vez no ha callado cuando convenía hablar?

Ya sea por temor, inseguridad, prudencia, falta de habilidad… no siempre decimos lo que tenemos que decir, ni callamos lo que tenemos que callar.

Se distinguen tres estilos: asertivo, pasivo, agresivo. Y también el pasivo – agresivo que tiene al menos dos lecturas: el de la agresividad encubierta, o el de la pasividad que va acumulando tensiones y cuando llega al límite, estalla y acaba en agresividad. Puede haber otro estilo: no asertivo.

 La asertividad es un punto medio equidistante entre la pasividad y la agresividad. Nadie se sitúa nunca en el punto justo de equilibrio. Hay cierta oscilación hacia uno y otro extremo, dependiendo de la personalidad, de las circunstancias o del contexto. 
De lo que se trata es de no ser siempre pasivo o agresivo en extremo. Incluso la asertividad es desaconsejable por sistema. Hay que ser primordialmente asertivo, pero en algunas circunstancias no es recomendable, porque puede poner en evidencia las limitaciones o la incompetencia social de otras personas.

Plantearse el hecho de si debemos hablar o callarnos ante una situación conflictiva, ya conlleva cierto grado de asertividad
Si se habla puede resultar agresivo, por el contrario, si se opta por disimular, pasivo. Pero se puede decir algo consumo tacto y respeto: asertivo. Ningún concepto puede ser tomado de una manera rígida. Depende cómo se hable puede no ser agresivo y a veces la pasividad es lo más inteligente. Tampoco se puede ir por la vida aleccionando a los demás, causa un gran desgaste, nos puede meter en líos y a veces tampoco nos corresponde.

Ninguna expresión es claramente agresiva, pasiva o asertiva. Depende de sus intenciones y efectos. Una conducta asertiva -o pasiva- pueden ser interpretadas como agresivas. Etc. La misma conducta puede tener diversas interpretaciones según la persona y el contexto. Depende de la adecuada combinación de diversos factores como son las emociones y los sentimientos. El veneno no está tanto en las palabras, como en el sentimiento, que se expresa por el tono, la intención, el gesto y otros elementos.

El silencio puede ser también asertivo, pasivo o agresivo.  
Podemos callar para no dañar, para no meter la pata, para darnos tiempo, para dejar espacio al otro. En todos estos casos el silencio tiene un fondo asertivo.
Pero también, podemos callar por no creernos con derecho a hablar, por miedo, por sometimiento, por sentirnos inferiores. En estos casos el silencio obedece a una actitud pasiva.
Y también, podemos callar para castigar al otro, para confundirle, incomodarle, vengarnos, manipularlo, tener poder sobre él. Aquí, es un silencio agresivo.
Los significados del silencio a veces son evidentes y otras veces no. Cuando no lo son podemos llevarnos a confusión. Explicar su significado es una buena manera de evitar malentendidos. Cuando tenemos que interpretar algo sin tener los datos suficientes, nos podemos montar una película particular llena de carga emocional que es difícil cambiar después.


Cuando hables, procura que tus palabras sean mejor que el silencio. Pero cuando tu silencio pueda confundir o molestar, debes hablar.

Lo asertivo, lo pasivo y lo agresivo se confunden a veces. Hacer un juicio de valor gratuito, no solo tergiversa, sino que sitúa en un plano de superioridad.
Hay una frontera que hemos de aprender a distinguir. Una cosa es sentirnos mal y otra perder los estribos y atacar al otro. Distinguir lo que pertenece al sentimiento y lo que entra en el terreno de la acción. Toda emoción esta permitida, toda conducta no. También, a menudo lo que nos enoja es causa de nuestra interpretación. Hay que distinguir entonces que lo que dice el otro no es lo que yo entiendo. La asertividad consiste en ser capaz de discernir ambos aspectos. 
Cuando uno entra al trapo puede no ser por maldad, sino por torpeza o incompetencia.

La ira hay que poder expresarla, pero hay que lograr reconducirla hacia el amor. Aunque resulte paradójico, la asertividad resulta útil entre otras cosas para aprender a enfadarnos “amorosamente”. 
El verdadero arte de las emociones consiste en aprender a conjugar y armonizar sentimientos contradictorios. 
La apuesta sincera por la asertividad revierte en nuestra competencia emocional y amplía nuestra madurez. Nos lleva a desarrollar estrategias para esquivar el secuestro emocional. A ser capaces de ver en las respuestas desafortunadas del otro y las nuestras, las limitaciones que todos tenemos en lugar de ver por sistema una provocación o una ofensa. A identificar más claramente de donde surgen nuestras emociones y a ser más libres frente a ellas.

Nuestras generaciones tienen una gran tarea que resolver: Utilizar un nuevo nivel de percepción introspectiva y dominio de uno mismo para romper la cadena de violencia personal, familiar y cultural, tanto a nivel mental, como de palabra y de cuerpo. No podemos traer la paz que necesita el mundo y las nuevas generaciones, si no nos liberamos a nosotros mismos de la esclavitud a la que nos somete nuestra ira heredada y la violencia. (Robert A. F. Thurman)

Es necesario romper la cadena de resentimiento, de rabia y dolor acumulados a lo largo de generaciones, heredado de nuestros grupos de origen: familia, nación cultura…, a las que pertenecemos. 
Provienen de situaciones emocionales traumáticas de nuestro pasado individual, familiar o colectivo, que quedaron sin resolver y que nos siguen influyendo de un modo latente o inconsciente, porque la verdadera trama del problema permanece oculta.



Podemos ser muy tolerantes, prudentes y amables, pero también debemos atender a nuestra dignidad para saber cómo una situación nos puede afectar. La clave está en ver si nos sentimos libres realizándola. Si hemos sido coaccionados, o temer ser despedidos del trabajo, por ejemplo, o perder otra cosa, entonces podemos acceder a una exigencia a costa de la libertad y de la dignidad personal. Una de las premisas de la asertividad es la libertad, tanto de pensamiento como de acción. Cuando nos sentimos libres y a la vez dignos, se incrementa nuestra satisfacción.

La asertividad no es posible sin el otro. ¿Pero qué sucede cuando yo y los otros tenemos diferente grado de asertividad?

1.    Si nos juntamos 2 personas agresivas. Somos como dos gallos de pelea. Ambos queremos tener razón. Lucha entre egos: cada uno pretende ser el más fuerte, el que mas sabe, el que tiene el poder, etc., sin importarle el otro. Es difícil la solución.

2.    Si yo soy asertivo y el otro agresivo. Tengamos calma e intentemos dialogar. Hemos de invitarle a ver las cosas de otra manera y quizá también a que cambie su actitud.

3.    Si yo soy pasivo y el otro agresivo. Tenemos que trabajar para desarmar a la persona agresiva a partir del ingenio y esquivando o dejando pasar sus ataques.

4.    Si yo soy agresivo y asertivo el otro. Es necesario un acto de humildad por mi parte. Reconocer nuestra falta de asertividad nos hará sensibles y mejorar la convivencia.

5.    Cuando ambos somos asertivos. Nos vamos a respetar y entender mutuamente.

6.    Si soy una persona pasiva ante una asertiva. Quizá tenga interés por aprender y confiar en que la otra persona me va a ayudar y favorecer mi asertividad.

7.    Si soy agresivo y el otro pasivo. Mi gran YO está servido. No se puede ir por la vida mirándose el ombligo, sin ver a nadie más, y manipulado o sometiendo al otro. Hay que ceder el protagonismo y dar un lugar al otro. El otro, por ser pasivo no tiene que ser despreciado, infravalorado, o atropellado con frases o entonaciones despóticas.

8.    Si soy asertivo y el otro pasivo. Le puedo regalar una caricia de reconocimiento y autoestima, para que pueda seguir creciendo.

9.    Si somos ambos pasivos. Uno por el otro, por no ofender, por temor, pierdan muchas oportunidades de crecimiento y comunicación.  Alguien deberá decidirse a dar el paso.


Corderos y lobos

Seguro que hemos conocido a alguna persona con apariencia “feroz”, pero por debajo hay una persona tierna y amable. Y al contrario, conoceremos también a una persona con apariencia tierna y amable que puede tener tendencias perversas.

Hemos crecido etiquetando el mundo entre buenos y malos, pero después vamos encontrando matices: los lobos pueden ser animales cariñosos; Caperucita no es tan inocente ni la bruja tan malvada; los piratas pueden ser honrados.

Deberíamos observar bien a las persona y evitar prejuicios de categorización. Cuando dividimos el mundo en dos, solemos hacer una distinción entre nosotros -los corderos- poseedores de inteligencia, bondad, integridad moral, etc., y los otros -los lobos- encarnadores de la maldad, la hipocresía, la estupidez, la falsedad.

Lo más grave no son los estereotipos, sino los sentimientos que los acompañan. Cuando cambian las emociones cambian las conductas. La clave para cambiar las emociones es conectar consigo mismo y acercarse al otro abriendo los corazones.
El reto al que nos enfrentamos es: aumentar el círculo del “nosotros” a la vez que disminuimos el del “ellos”.

¿Somos lobos con piel de corderos? Encontramos peros a cualquier cosa; nunca estamos satisfechos del todo; vemos más lo negativo que lo positivo; somos incapaces de felicitar sin soltar a continuación una crítica; regalamos consejos sin que nadie nos los pida….

Aunque seamos aparentemente agresivos, no buscamos dañar al otro, sino, simplemente reafirmarnos nosotros. Al aleccionar o rebajar al otro tapamos nuestras frustraciones e inseguridades y nos crecemos un poco. Nuestras críticas a los demás no son más que pequemos apaños o consuelos para nuestra propia autoestima. El problema es cuando se conecta con una herida o carencia del otro, o con una baja autoestima. Entonces puede vivirse como una autentico ofensa o agresión y ver a los otros como auténticos depredadores.

Ante críticas que no corresponden, está bien no prestarles demasiada atención. No se puede ir por la vida aleccionando a todos. Resulta inoportuno, es agresivo y no sirve para nada.

Dar consejos es desaconsejable. Para que sean bien recibidos han de ser dados por la persona idónea. Que tiene autoridad, credibilidad y permiso para ello, para darlos en el momento oportuno, cuando se está receptivo, cuando se pide o se necesita abiertamente.
No dar consejos es asertivo, supone que somos capaces de aceptar lo que no nos gusta y que renunciamos a tenerlo todo bajo control.





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